Aquí estamos: entre tierra y agua (I)
Linda Esperanza Aragón | @lindaragon
Una compilación que reúne voces sabias de
hombres y mujeres del Magdalena y de Sucre, departamentos ubicados en el Caribe
colombiano. Historias de vida, maneras de estar aquí, afectos, oficios,
terruños, resistencias, memorias y corrientes que se encuentran.
Santana ha sudado un río
Moldeado por el agua y por la tierra, pero no por la
desmemoria. Viejo pescador y sabio agricultor. Anfibio de pies a cabeza es
Santana Cotera. 90 años hay debajo de su sombrero. Nació en el corregimiento La
Florida, Sucre, sin embargo, ha vivido la mayoría de sus años en San Marcos.
Lo conocí en una canoa que navegaba por
el río San Jorge, rumbo a Palo Alto, Sucre. Cantaba:
Este dolor de cabeza
No se me quiere quitar
Ya no puedo trabajar
Y por ahí dicen que es pereza
Populares décimas que
circulan por el territorio sucreño. Cantos del campo y de la pesca. Santana es
decimero. Tiene una voz sutil. Suena como el arrullo de un manso viento que
intenta agitar siquiera los cañaguates, como suspiros de un canalete entrando y
saliendo del agua.
Llegamos tras
aproximadamente dos horas de viaje. Pisamos tierra firme y nos dirigimos a un
restaurante que tiene una hermosa vista hacia la ciénaga de Palo Alto, unida al
San Jorge.
Era la hora del almuerzo
y compartimos mesa. Él pidió bocachico; y yo, mojarra. Empezamos a almorzar cerca
de la 1 de la tarde.
Al tiempo que
desespinaba con gran destreza el pescado, principió a contarme sobre su vida y sus
andanzas. A mí me complacía escucharlo. Qué gozoso era ser oídos en ese momento
y tener cerca a la tranquila ciénaga, en la que de vez en cuando pasaban
pescadores saludando.
—Empecé a pescar a los 11 años. Y desde los 8 años ya
sabía limpiar las maticas de arroz. Hace 15 años fue que yo abandoné la
atarraya. Después de la atarraya cogí el trasmallo, y ahora mis hijos me lo
hicieron soltar debido a mi marcapasos, me lo pusieron hace 3 años. Fue cuando
vine a aflojar la pesca del todo. Yo todavía me manejaba.
—¿De niño se iba a
pescar con su padre? —pregunté.
—Desde el principio, el
papá que me crio, mi padrastro, no gustaba de los pescadores, según él, eran
flojos y ladrones. A mí me gustaba, yo me iba de madrugada a pescar. Si iba a anzoliar
era lo mismo: le daba rabia. Me hacía unos castigos: una vez me mandó en un
caballo que no quería caminar. Las otras personas que iban conmigo me llevaban
ventaja y yo me quedé atrás. Íbamos a llevar unos marranos. Yo iba con el foco
en la mano. Logré alcanzarlas en el pueblo Candelaria, corregimiento de San
Marcos. Al cabo de un rato, me eché un sueñito. Eran como las 2 de la mañana. Y
apenas amaneció, seguimos el camino a Buenavista, que era donde íbamos a dejar
esos marranos. Todo eso era castigo para que yo dejara de pescar.
—Y no dejó la pesca.
—Yo seguí pescando,
trabajando en el monte, ordeñando, montando bestia, amansando. De todo, de
todo... Le digo que lo único que no aprendí a manejar nunca fue el carro y la
moto. Bicicleta sí y los motores de los yonson también. Mis labores eran
todo: hacha, machete, atarraya, trasmallo, chinchorro. De tierra y pesca... Con
el ganado, con la bestia, con la rula. Monté burro, mulo, yegua, caballo. Todos
los trabajos.
—¿Cómo organizaba su
vida para dedicarse a estos oficios?
—Había tiempo en el que
abandonaba un trabajo y cogía el otro. Tiraba machete, picaba monte, desmontaba
potreros. Y otra vez, a la pesca. En Ayapel fue una vida dura. Nos embarcábamos
el lunes en la mañana y veníamos a la casa el sábado. Toda una semana durmiendo
en la canoa, cocinando en la canoa, pescando y vendiendo el pescado. Una semana
completica pa venir a la casa. Permanecía mucho tiempo por fuera. No
tuve un matrimonio duradero.
—Además de la ciénaga de
Ayapel, ¿dónde más pescó?
—Pesqué durante crecientes
en el San Jorge, en San Marcos. También en Montelíbano, Córdoba. Después nos
buscaron para sacar madera para mandar a Barranquilla. También trabajé en la
madera. Estuve en un punto que llamaban La Rica, en Córdoba. Allá estuve yo maderiando.
—Pero siempre volvía al
agua.
—Sí. Hay macheteros y
agricultores que no pescan. Esa gente no va al agua, solo cuando tiene sed.
—Usted conoce a la
perfección el río. Lo lleva por dentro. Eso se nota, señor Santana.
—Al río lo conocí por
arriba y por abajo. Yo no solo pescaba, también hundía mucho. Me buscaban para
que desenganchara y desenredara atarrayas abajo.
Una vez, casi en 7 metros de agua, me iba ahogando. Estuve bastante mal del
sueño. Se me reventaron los oídos aquella vez. Entonces fui rabiando... Y
andaba con mi papá, mi papá regañándome.
—¿Se siente más de agua
o de tierra?
—De los dos. Todo por
igual.
—Y mientras se bandeaba
en esos dos mundos, ¿de dónde vino el canto?
—Mi mamá cantaba décimas
y mi papá era poeta.
—¿Cuándo pasó de cantar
para usted mismo a cantar en público?
—Agradezco al pueblo de
Ayapel, Córdoba que me sacó adelante. La primera tarima a la que me subí fue
allá. Me invitaban y yo no quería subir, hasta que un día me animé a cantar
décimas. Me fue bien. Aplaudieron.
Al terminar de almorzar,
Santana lanzó el secreto de su longevidad:
—Estoy vivo por tanto
sudor que he botao.
Puede que la
ociosidad y el cansancio se hayan extraviado con sus décimas antes de encontrar
a Santana. Nunca tuvieron el gusto de conocerlo. Santana
ha sudado un río.
El hombre de atarraya y machete siguió cantando:
Florecita de cerezo
Florecita de cerezo
Capullito de alelí
Capullito de alelí
Te acuerdas del primer beso
Y del último que te di
Yo me voy
Yo me voy
Yo me voy con mi morena
Yo me voy
Yo me voy
Yo me voy con mi morena
Si te fueras a acostar
Y sientes un hielo frío
No te vayas a asustar
Que son los suspiros míos
Yo me voy
Yo me voy
Yo me voy con mi morena
Yo me voy
Yo me voy
Yo me voy con mi morena
***
Tejer cómplices
Cuando le pregunté a la señora Yadith Ropaín
Fontalvo cuántos años lleva tejiendo redes de pesca, responde sin pensarlo
tanto: “Ya son bastantes”. Aprendió la técnica cuando tenía 15 años, en ese
entonces Manuel Muñoz se acercaba a su casa porque estaba enamorado de ella;
aprovechaba que se iba a pescar el padre de Yadith, para visitarla. Manuel
llevaba los implementos para tejer los trasmallos. En una ocasión, Yadith le
pidió que le enseñara a elaborarlos; él le daba las indicaciones con mallero y
aguja en mano.
Me contó que tejía torcido al principio, pero que corrigió esa falla practicando y
siguiendo las instrucciones con constancia.
—Ahora lo
hago al derecho —aseveró con gallardía mientras una de sus nietas tomaba café a
su lado.
Yadith se
descalza y se sienta en un taburete que recuesta en la pared. Teje sin afanes
en la terraza de la casa, ubicada en la calle principal de Bomba, corregimiento
de Pedraza, Magdalena. Disfruta tejiendo y dice que se despeja un rato y goza
de la textura del nailon; lo acaricia cual si fuera la piel de un ser amado o
el cabello de algo que pare armonía.
Ella y la
horqueta de la que cuelga el nailon quedan frente a frente, parece que
entablaran una íntima conversación. Trenza como si estuviera fundando un
universo de historias al que le transmite su sentir o estado de ánimo.
—No los
hago para que después me los compren. Los pescadores que necesitan un trasmallo
me traen el nailon para que yo teja. Yo cobro la mano de obra.
—¿Cuánto
se demora en terminarlos?
—Un mes
y quince días, a veces puedo tardar un mes.
El tiempo
y la pujanza que les impregna a las redes de pesca no se borran al ser
sumergidas ni se anulan con el manoseo de la cotidianidad. Sus manos fabrican
las inseparables compañeras y cómplices de los pescadores, esas que los ven
hablando con la luna o con el sol. Además de atrapar pescados, conocen el alma,
los silencios y las esperanzas de los pescadores.
***
El río está delgadito
En el municipio de San
Marcos, Sucre, a las orillas del río San Jorge, me encontré al pescador José
Gregorio Rojas. Era una tarde calurosa. Él llevaba un auténtico sombrero vueltiao,
el cual nunca se quitó para abanicarse.
Era julio, finales de
julio. En el pueblo no estaba lloviendo con frecuencia. Los niveles del río
estaban bajos.
Rojas había terminado su
faena. Se preparaba para irse a casa.
—El río está delgadito
—expresó.
Miró el agua y se quedó
pensando en silencio. Después de un rato volvió a hablar. Esta vez arrojó una
pregunta que él mismo respondió:
—¿Por qué la gente dice
que Dios no existe? Él es quien decide todo esto y sabe que el río está así.
Los tiempos traen sus cosas. Hay que aceptarlos como vengan. A veces crece el
río, a veces baja.
Mientras hablaba, se
acercaban las garzas. La orilla se tornó blanca. No eran ariscas. Lo
acompañaban.
—Mire cómo me buscan,
mire. Ellas saben que las alimento y me tienen confianza. No me tienen miedo.
Hay gente que les tira piedras. Las garzas le huyen a la maldad.
Las aves no se
espantaban con el movimiento de José. Él recorría la orilla, se acomodaba el
sombrero y agitaba con ímpetu sus manos para hablar.
—Los políticos se
olvidan de nosotros —continuó. Se hacen los ciegos. No solo la sequía acaba con
el río y sus peces, los ricos que compran fincas cerca de las orillas y quieren
cambiar los cauces también nos afectan a nosotros los pobres. Y nadie les dice
nada. Pero Dios no nos abandona, él creó toda la naturaleza.
José Gregorio estaba por
irse. Antes de despedirnos, le pregunté por un número de celular para
mantenernos en contacto.
—No recuerdo mi número
de teléfono. El celular lo usa mi hermano, pero voy a anotar el suyo.
Tomó un pedazo de carbón
de un fogón que estaba cerca de la orilla y un trozo de papel que encontró en
un pequeño restaurante de la zona.
—Nosotros no nos
varamos.
Apuntó mi número.
Después dijo:
—¿Sí ve? ¿Quién creó
este carbón? ¡Dios! Porque Dios creó los árboles y de ahí viene este trocito de
carbón.
***
Humo y chanzas
Su nombre es Reinero Martínez, pero le llaman Rei
en el municipio de Pedraza, Magdalena, el pueblo donde nació y se crio. Siempre
se ha dedicado a la agricultura. Dice que no le ha faltado lo esencial en la vida
porque jamás le dio pereza madrugar y porque siempre ha llevado como un amuleto
una frase que él mismo inventó: “Si uno se levanta bueno para trabajar, muere
bueno”.
Ha fumado casi toda una vida, es un octogenario que
no se aburre de jugar con el humo. Cada vez que alguien le exige que deje de fumar,
Reinero no vacila en responder: “Un viejo que no fuma es maluco porque
se la pasa viendo lejos, pero si fuma se distrae con el humo”.
A Rei le gustaba el ron y echar chistes. Antes
hacía grandes parrandas y en la época de los carnavales de Pedraza se
disfrazaba de cualquier cosa. “A mí siempre me ha gustado el desorden. Recuerdo
que una vez me disfracé de mujer, lástima que no conservo fotos de ese tiempo”.
Hace varios años, después de un parrandón, su
esposa Amira salió a la calle a averiguar si Rei se había endeudado en alguna
cantina. Cuando regresó a la casa y lo encontró despierto, ella le dijo:
—No vas a beber más.
—Póngame un placito —respondió Rei.
—Tres meses te pongo.
—¿Tres meses? Eso está muy lejos. ¡Ombe! De aquí a allá yo me he muerto.
Por lo menos, un mes —remató Rei entre risas.
Confiesa que se la pasaban mamando gallo:
“No hubo un mal vivir entre nosotros. Yo nunca me he peleado con las mujeres; ahora
no sé cómo será ese tema, este mundo está tan dañado. Antes el amor era otro”.
Cuando se refiere al amor no pierde la oportunidad
de acudir al pasado. Miró sus manos con venas prominentes, liberó el humo, respiró
y habló:
—Sin matrimonio no hay mundo, aunque en Pedraza ya
nadie quiere casarse; no sé lo que pasará, yo creo que es por tantas cosas que
se ven en la televisión y en los teléfonos.
—¿Cómo era antes?
—Antes los novios iban a visitar a sus novias a las
casas, hoy en día les hacen llamadas. El mundo es otro, ya no es bonito como
cuando yo nací.
Rei me miró fijamente como un abuelo sabio que está
seguro de haber vivido la vida como es y explicó: “Aunque usted no me lo crea,
le digo que el mundo se acaba, pero la gente no. Si usted nace hoy, pasado
mañana muere, entonces ahí se le acaba el mundo. A todo aquel que se va
muriendo también se le va acabando el mundo. La gente va naciendo, la gente es
como un fruto. Eso fue lo que Dios dispuso”.
Si el mundo se le acaba, quiere que la gente lo
recuerde por su entusiasmo: “Esa (la alegría) es la herencia que dejaré”.
A veces viaja a Barranquilla durante un mes y, cuando
regresa a Pedraza, sus paisanos le hacen sentir que lo extrañaron y le lanzan
una frase irónica apenas lo ven:
—¡Carajo! Por qué no te quedaste.
—No me quedé por una maricaíta —contesta
Rei.
Y como es un ducho en el campo de mamar
gallo, Rei intenta ganarse el cielo con chanzas: “Ya dejo hasta aquí la
charla porque me voy a afeitar. Usted sabe que la muerte está escondida; si me
voy a morir, moriré bonito”.
***
La Santa
Aurith del Amparo Torrijo, de 42 años, vive
en Bomba, Magdalena. En el pueblo le llaman La Santa, y esta es la historia,
así la cuenta ella:
—Cuando yo tenía un año me enfermé y cerré
mis ojos. No reaccionaba. En el ataúd y rodeada de velas, mi hermano mayor me
vio, pero no creía que yo estaba muerta; lo dudaba. Entonces cogió una vela y
dejó caer una gota de cera ardiente sobre mí. ¡Reaccioné y abrí los ojos! Me
salvé. Por poco me entierran viva. Desde entonces me apodaron La Santa.
Años después adquirió un don que la volvió
popular en el pueblo. Un don que le dio más sentido al apodo que, hasta el sol
de hoy, es con el que los lugareños la identifican. Nadie se dirige a ella por
su nombre de pila.
—Era una niña. Mi papá me cuenta que la casa
se llenaba de paisanos que iban a preguntarme por números de la suerte para
jugar lotería. Les iba bien. Ganaban. Yo siempre atinaba. Pero nunca me dieron
ni un peso. Hoy ya no cuento con ese don, se acabó. Apuesto en la lotería y no
me gano nada. Me da risa.
Lleva 11 años lavando en la ciénaga de
Zapayán, la cual bordea al pueblo y está conectada al majestuoso río Magdalena.
Vive con sus dos hijos. Es madre cabeza de hogar.
Se rebusca lavando ropa y hamacas ajenas, haciendo aseo en casas de familia y
vendiendo suero.
—Siento una alegría, un orgullo. Me siento
orgullosa de lavar. A veces me dicen: “Ahí va la mugrera sacando mugre”.
Esas palabras no me hacen a mí, no me afectan. Yo me siento orgullosa.
Lavar es una virtud. Dichosa es la mujer que se levanta a las 5 de la mañana a
lavar hasta las 8. Las que hablan son las que no hacen nada, las criticonas,
las envidiosas.
Lleva un camisón a rayas de manga larga. Ha
sido su compañero durante varios meses —hasta que aguante—. Todos los días lo lleva
puesto para ir a lavar, desde las 5 hasta las 8 de la mañana; a veces hasta las
8:30 o 9:30. Eso sí: antes de salir de casa se toma su café, el primero del
día.
—Me da una alegría enjabonar la ropa, darle
cepillo y manduco. Cuando ya está limpia, la pongo a secar encima del techo de
zinc de la casa. A las doce del mediodía, le doy vuelta, la reviso. A las dos
de la tarde no hay nada ahí; la ropa está seca.
Su otro compañero fiel es el manduco, esa pieza de madera fundamental que tiene forma de un mini
bate, para despercudir la ropa.
—El manduco con el que lavo es el mismo desde
que empecé; tiene los mismos años que yo tengo lavando en la ciénaga. Yo lo
presto a personas de confianza, pero si no me lo devuelven, lo voy a buscar. Me
pongo brava si no me lo llevan.
A Aurith le gusta cantar cuando lava. Dejó de
hacerlo. Recientemente su madre falleció. Se hizo una promesa:
—Cuando deje el luto volveré a cantar.
Y mientras vuelve el canto, la charla es el
aliciente…
—Cuando estamos lavando nos reímos, nos
saludamos y conversamos. Unas se van, otras van llegando. A veces estoy muy
atareada, tengo bastante ropa para lavar y me atraso; cuando me preguntan si ya
me voy, les respondo: “Ni lo he pensado”.
Ha soñado que su madre le pide que suelte el
luto, que abandone la ropa negra y la tristeza. Sin embargo, va a esperar unos
meses más. Considera que aún no ha llegado la hora ni de escuchar música, ni de
bailar, ni de cantar. Esa decisión no se la deja a la suerte o a los augurios.
—Solo
mi corazón decide cuándo será.







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