Relatos cortos donde el Caribe late (II)

   Linda Esperanza Aragón | @lindaragonm



Cuando no busco y camino sin un norte siento las voces más descollantes. Me acerco y escucho sin prisas. Se sueltan los relatos, brotan… Es como si no quisieran permanecer o morir en la memoria de quien los porta, y se largan con quien escucha y con quien vaya pasando. Maniabiertos son. Cayeron en mi existencia.

Son anécdotas que vinieron desde lo suspicaz, lo fatigoso, lo noble, lo desdeñoso, lo enigmático. Vi de cerca el escarmiento traído por el agua dulce, la comprensión —sin reticencia— del voraz paso del tiempo, el colosal olvido traducido en una simple pregunta, la desesperanza que se escapa por las ventanas, la curiosidad que nació ante los botones rotos de los trapos…

Sí: palabras e imágenes errantes del Caribe colombiano que repararon mi latir estropeado en algún viaje.


El burlón


Cada vez que la ciénaga se ponía brava y los pescadores no salían a pescar, Cipriano, el más rico del pueblo, se iba a la orilla y —mientras apoyaba su pie en la punta de una canoa— les decía a los pescadores en un tono socarrón y despreciable:

—¿Qué comerán los pobres hoy?

Varios años después, Cipriano cayó en la ruina. Le tocaba pedir el azúcar para endulzar el café. A veces no probaba bocado en todo el día.

Una mañana, se fue al puerto, y cuando vio a la ciénaga imbatible y briosa pegó un grito que hasta los pescadores lo oyeron:

—¡Por qué no me tragas, ciénaga!


***

Rebeca


Era un pueblito pequeño y recóndito. No había agua potable y la electricidad era intermitente. El alcalde no asomaba sus narices allá, solo fue en época de campaña. La gente del pueblo sobrevivía gracias al campo y al río. El viento pasaba de vez en cuando y saludaba. La lluvia a veces era pasajera e ingrata.

Una noche la niña Rebeca, de unos 9 años, despertó asustada con una pregunta que estaba a punto de estallar en su boca. Se la lanzó a su madre:

—Mami, ¿este pueblo sí queda en Colombia?

Y no era que Rebeca no supiera de geografía, era que se sentía presa entre los olvidos. 


***

Señora Sensatez


Cuando la abuela pregonó su edad en medio de hijos y nietos el día de su natalicio, por primera vez sentí que alguien era consciente, con toda honestidad, de la velocidad del tiempo:

—Tengo 75, entrando a los 76. 


***

El viaje de Felicia


Todas las mañanas Felicia se levantaba y abría las ventanas y la puerta de par en par. Se quedaba mirando lejos. No le provocaba tomar café. Se sentaba en su poltrona, se refugiaba en la radio y dejaba que pasaran las horas espesas. Tenía los ojos cansados y ya no le quedaban carcajadas, aunque a veces las canciones de Lucho Bermúdez le sacaban una sonrisa fugaz. Le hacían falta la voz y los abrazos ardorosos de Benjamín, su marido, que había muerto cinco años atrás.

Una mañana, volvió a abrirlas, como de costumbre, pero esa vez no se quedó callada ni con la mirada perdida. Musitó convencida:

—Ese regreso no existe.

Y después dijo:

—No sé si mi cuerpo esté creado para la espera.

Al día siguiente, Felicia no despertó.  


***

Confites


Cada año regresaba al pueblo el tío Pedro. Volvía para descansar unos cuantos días y visitar a la familia. En la orilla del puerto lo esperaba, como siempre, su sobrino Horacio que lo quería mucho. Con entusiasmo repetía:

Esta vez el tío Pedro sí me va a traer bastantes confites. Él trabaja muy duro en la ciudad y seguro me va a sorprender.

El tío era algo tacaño. Nunca traía nada. Pero el niño mantenía con vida su esperanza. Confiaba.

Cuando Pedro llegó al puerto lo primero por lo que le preguntó Horario fue por los dulces.

No, mijo. No te los traje. Otro día será…

Horacio dejó caer la esperanza al suelo, se enfureció y le contestó al tío Pedro:

No te creo, tío. ¿En serio? ¿No has visto hacia atrás? Te vienen siguiendo las hormigas desde la ciudad por la tonelada de caramelos que traes. Fíjate.


***

El pescador


Pescar tal vez sea conservar la esperanza viva al tiempo que se desea atrapar lo esquivo. Las historias que se pasean por la mente, el silencio y la soledad son imprescindibles: fortifican la sobriedad.

Paciencia, paciencia. Admirable paciencia. El pescador a veces deja que se desborden sus monólogos cotidianos. Quizá sus nostalgias harán que se olvide por un rato del ruido de la rutina. O quizá deje sus penas secándose al sol. De pronto sus alegrías bailen con el paisaje.

La red no solo recoge pescados, también comprende los silencios y monólogos del pescador. Suspendida en el aire es más imponente que el hombre, pero es su cómplice, su honesta compañera.

La espera trae agotamiento y ganas de regresar a casa, al pueblo, para cocinar o vender el fruto de las largas horas en que los ojos se aferraron al agua.

Cuando la faena no es provechosa el pescador regresa a la orilla diciendo:

—Traje cansancio.


***

La gitana


A un pueblo ribereño llegó una gitana. Nadie supo de dónde venía ni por qué había pisado esas tierras. Cuentan que ella tenía el don de ver heridas y carencias desde lejos. Cuentan también que la gitana se acercó a una casa del pueblo y notó que uno de los niños que allí vivían era sordomudo.

—Dele de comer las sobras de la comida de un loro —sugirió la gitana—. Solo así su niño podrá hablar y escuchar.

—¿Y qué pasa si no lo hago? —preguntó llena de extrañeza la madre del niño.

—Se pasará la vida buscando palabras… y nunca sabrá lo que canta el mar ni lo que calla el río. 


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